Mi primer curso de meditación Vipassana + un poco sobre mi vida y cambiar el mundo [2012]

Categorías Espiritualidad, Reflexión, Sociedad
[Nota: texto escrito en marzo del 2012 y corregido el 16 de agosto del 2014]

Hasta ahora he vivido 20 vueltas al sol y un poco más.

Desde chico ya había entrado en contacto con el arte mediante el dibujo y pintura, pero fue a los 9 ó 10 que encontré algo que realmente me gustó: tocar la batería. Con esto comencé a notar, apreciar, y desarrollar mi parte creativa, emotiva, sensible, etc. (el hemisferio derecho del cerebro, dicen). A eso de los 12 empecé a cuestionar lo que estaba establecido, empezando por la existencia de Dios y mi gusto por el fútbol, según recuerdo, y a participar de discusiones, investigar, argumentar, lo cual me llevó a notar, apreciar y desarrollar mi parte analítica, lógica, etc. (hemisferio izquierdo). También durante esos años descubrí el skateboard, practicándolo unos años y luego dejándolo por el parkour, y ésto me llevó a conocer gente maravillosa de mayor edad en un ambiente de aprendizaje común y no competitivo, sino cooperativo. Afortunadamente en mi familia no había problemas significativos, y siempre recibí todo lo que necesitaba y más aún (viajes, regalos y caprichos).

Estas condiciones tan favorables naturalmente ocasionaron que sea un chico feliz y pleno la mayor parte del tiempo; disfrutando de mis amigos, de la naturaleza, de mi cuerpo, de los sentidos, de la vida: me encantaba vivir. Por supuesto, esto me convertía en alguien extraño para mis compañeros/as de la primaria, que, por miedo a lo desconocido (esto lo entendí más tarde), reaccionaban con aversión tomándome de punto, burlándome, molestándome, buscando (y muchas veces logrando) reducir mi felicidad. Cuando no lo soporté más, a los 14, me pasé a un colegio secundario que fomentaba el desarrollo de nuestras capacidades humanas. Este colegio secundario me nutrió y potenció muchísimo (Aula XXI, para quienes quieran saber): al entrar me llevaba bien con todos; hicimos viajes de diversos tipos en los cuales aprendimos y compartimos desde lo más profundo de cada uno; estudiamos temas humanísticos muy interesantes; y conocí a la chica con quien tuve mi primer noviazgo, de dos años, compartiendo todo tipo de experiencias nuevas y un nivel de felicidad que nunca había imaginado.

El corte de la relación fue duro, pero ese mismo año comencé a vivir experiencias radicalmente nuevas en ámbitos diversos, confluyendo con gente cada vez más afín, conociendo y participando de muchísimos movimientos y conceptos que se estaban creando para un mundo mejor y más feliz, teniendo nuevas experiencias amorosas y sexuales, y algunos viajes. Así es que mantenía mi felicidad la mayoría del tiempo, llegando a picos de felicidad y plenitud que nunca había imaginado, otra vez. Desde mi egreso pasé por diversos trabajos a cambio de dinero, trabajos voluntarios, parte de una carrera, algunos cursos, pero principalmente aprendí (sobre música, espiritualidad, computación, así como filosofía, psicología, sociología, e incluso nutrición y medicina) de manera autodidacta: observando externa e internamente, leyendo, debatiendo, a mis tiempos, cuando lo sentía y cuando surgía: simplemente sacándole el jugo a la vida (y así sigue siendo).

Sin embargo, con mi vida tal y como la quería, paulatinamente los momentos de felicidad y plenitud cada vez eran menos, y los momentos de sentirme agotado y con la mente en otro lado; sin disfrutar lo que hacía, vivía y percibía, así como el reaccionar mal ante pequeñas cosas; las discusiones con mi familia; e incluso los problemas relacionados con el sexo, eran cada vez más… y si bien mucha gente vive así y dice ser feliz, porque han estado mucho peor en su vida, o porque nunca estuvieron mejor (sin ánimos de ofender a nadie), personalmente ya conocía una plenitud mucho mayor, y la idea de que fuera imposible mantener tal estado nunca me pareció aceptable.

¿Qué sentido tenía intentar y querer hacer al resto de los seres felices y plenos si no podía ni conmigo mismo? Había comprobado más de una vez que cuanto más feliz y pleno me sentía, más ganas tenía de hacer bien a otros; más eficiente y creativo era; y mejores decisiones tomaba. Sabiendo esto, de a poco fui dejando todo trabajo a cambio de dinero para dedicar el 100% de mi tiempo, energía y recursos a mi bienestar y (por lo tanto) el del resto. Difundiendo, desarrollando y llevando a cabo ideas para hacer felices al resto de los seres (actualmente en la plena administración de la gestación de Arcoiris Universal -www.arcoirisuniversal.org- con Ariel Rodríguez Bosio), para crear un mundo mejor, con todo el conocimiento, gente y herramientas que fui conociendo. Pero, aún así, ¡seguía sin poder mantener mi felicidad! Si la felicidad estaba en algún lado, no estaba afuera, sino dentro mío; y tenía que encontrarla.

Una amiga que conocí hace unos meses (le agradezco infinitamente) me contó que había realizado un curso de meditación Vipassana. Me contó de qué trataba: me resultó atractivo que consistía en 10 días de silencio y que no se cobraba por ellos. Averigüé más, me encantó la propuesta e inmediatamente me anoté.

El curso empezó el 4 de marzo y terminó el 15. No sólo viví una experiencia maravillosa (y algo dura), sino que me dieron una herramienta invaluable que con certeza me seguirá ayudando a seguir sintiéndome así de bien, y mejor aún.

Este tipo de meditación es el que enseñaba Siddharta Gotama (el Buddha) en vida, y consiste en observar las sensaciones en el cuerpo sin generar aversión ni avidez (y por ende apego) a ninguna de ellas: es decir, con ecuanimidad. Durante esta observación, uno comprende no sólo intelectualmente (de esa manera ya lo había entendido), sino por experiencia propia, la ley universal de la impermanencia: que todo es impermanente, y, por lo tanto, que generar apego o aversión no sólo es absurdo sino también perjudicial. Si hay dolor, ¿para qué surfrirlo, si se va a pasar? Si hay una sensación agradable, ¿para qué apegarse, si se va a pasar y entonces uno sufrirá?

Durante la vida del Buddha (hace 25 siglos) la meditación Vipassana se expandió a toda la India y otros países, pero 300 años después de su muerte, por intereses y otros problemas, la enseñanza de esta meditación se perdió en casi todos lados, excepto en Birmania, donde siguió siendo transmitida hasta el siglo pasado. Desde que fue redescubierta por S. N. Goenka (fundador de la organización Vipassana), de la India, él no ha dejado de difundirla por todo el mundo de forma absolutamente desinteresada.

Consideremos que el patrón de conducta de nuestro inconciente es reaccionar permanentemente, ya sea con aversión o avidez (apego), a todo lo que se percibe mediante los sentidos. Cuando sentimos algo que nos desagrada y reaccionamos con aversión, o cuando lo que nos agrada desaparece, generamos un malestar en nuestro cuerpo (ya que todas las emociones se manifiestan en forma de sensaciones físicas). Podemos volver a sentirnos mejor satisfaciendo un nuevo deseo, saliendo a caminar, yendo al cine, haciendo deporte, produciendo arte, meditando con verbalizaciones o visualizaciones, comiendo, o incluso intoxicándonos (por eso la industria del entretenimiento, la gastronomía, las drogas, el turismo y el consumismo son tan exitosos)… pero todo esto no es más que distraernos, y el malestar queda acumulado en nuestro cuerpo. Podemos intentar “observar” la ira, la tristeza, o cualquier malestar cuando aparece, pero no encontramos cómo. Con esta meditación, uno cambia ese patrón de actitud del inconsciente de raíz. Las tensiones acumuladas surgen en forma de diversas sensaciones como dolor; calor; picor; transpiración; hormigueo; vibraciones; etc., y uno aprende a observarlas con objetividad y ecuanimidad, sin reaccionar con aversión ni avidez a ninguna de ellas, y desaparecen, y aparecen nuevas, constantemente. De a capas, uno empieza a sacarse todos los malestares acumulados de encima, a purificar la mente (y el cuerpo), volviendo a esa felicidad pura que sentimos de niños. A todos nos gusta volver a percibir los olores, sabores, e imágenes de cuando éramos niños. ¿Por qué? Porque los tenemos asociados a la felicidad que sentíamos de niños por estar puros, sin impurezas acumuladas. Es tan simple como claro. Esto explica el fenómeno de la edad de oro (el creer que “todo tiempo pasado fue mejor”). Y yo lo viví desde lo más profundo de mi humanidad. No por nada todos los iluminados como Krishna, Jesús, Buddha y Mahoma, así como todas las religiones que originaron, promulgaban el no generar deseo, el tener cuidado con lo que percibamos con los sentidos. Fue entendido de maneras muy diversas que muchas veces terminaron en situaciones terribles, pero en esencia lo que enseñaban es tan correcto…

Durante el curso, un día, durante el descanso, empecé a trepar un árbol y me encontré haciéndolo con mucha confianza, llegando muy alto, pudiendo sentarme relajado, sin el miedo que había empezado a adquirir desde una operación de mi pie de hace unos años. Otro día, me desperté con una facilidad que nunca tuve y sintiendo una felicidad muy agradable, inocente, pura. De inmediato identifiqué que ese era el estado de todos los recuerdos felices de mi infancia y adolescencia, de estar presente, aquí y ahora, y con melancolía lloré durante más de una hora, descargando tensiones acumuladas. Este bello estado comenzó a estar más y más presente durante los días. Cuando me sentía así, lo disfrutaba, sabiendo que se podía acabar; y cuando no me sentía tan bien, sabía que era algo impermanente, y continuaba feliz (al igual que los dolores en el cuerpo).

Comprendí que me había hecho adicto a desear. Como todos. Así, la desdicha creciente es inevitable. Hace años que había dejado de desear objetos materiales, pero aún así, seguía deseando experiencias, aprendizajes, conocimiento, y más. Y si bien las seguía consiguiendo, la felicidad que me provocaban era cada vez más efímera y la desdicha volvía. Era un círculo vicioso: sentía felicidad; me apegaba a ella; me ponía mal cuando no la encontraba; lo que antes me molestaba, cada vez me molestaba más; y, como resultado, cada vez era más difícil volver a sentirla. Muchos se hacen adictos a desear materia, y pueden seguir satisfaciendo ese deseo durante mucho tiempo, incluso a veces, con mucha suerte, hasta morir, pero esto es una locura (llamada “consumismo”). Empezar por desear una casa, conseguirla, y terminar teniendo una mansión; un yate; una avioneta; todos los productos de última generación; y todo tipo de lujos y placeres. Si todos vivieran así, se necesitarían varios mundos para que alcance para todos. Además, no sólo es absurdo, sino que también es demasiado difícil mantenerlo (porque en la vida hay cambios constantemente, y cuando uno de esos cambios dificulta seguir satisfaciendo todo deseo material, se sufre mucho).

Ahora, habiendo vuelto a casa hace tres días, toda negatividad a la cual me enfrento es cada vez más fácil de enfrentar y resolver. Permanentemente observo lo que siento, y todo malestar que surge, al observarlo con ecuanimidad, se pasa cada vez más rápido, para la próxima vez ni siquiera aparecer. Es un trabajo muy duro, porque las ciudades están llenas de gente y estímulos sensoriales, y uno se enfrenta a la tarea de deshacer todos los apegos y aversiones con que uno había aprendido a reaccionar. Pero, definitivamente, vale la pena.

Fui muchas veces consciente de mi potencial infinito; consciente de que cada uno de nosotros es mucho más que su cuerpo, su mente, y sus emociones (que no son más que los componentes del vehículo con el que viajamos a través de esta realidad material tan engañosa); de que todos los límites no son más que mentales; de que todo lo que a uno le molesta no es más que una manifestación de un malestar interno. Y cada vez que fui consciente de todo esto, me costó mantenerlo. Pero, en este curso, fui más consciente que nunca, y además adquirí algo que siempre me había faltado: firme determinación. Antes, cuando entraba en contacto con las negatividades que abundan, me afectaban, y, tarde o temprano, esa claridad desaparecía. Ahora, recién vuelto, me siguen afectando (aunque cada vez menos), pero sé que son impermanentes, y estoy determinado a seguir meditando, por lo cual toda esta claridad se mantiene, y cada vez más presente.

Además de esto, mis recientes conocimientos sobre nutrición, medicina y ecología me pusieron en transición hacia una dieta crudívora vegetariana basada en frutas (alimentación viva), que ahora puedo terminar gracias a lo adquirido en el curso. Mediante la alimentación purifico el cuerpo, y por ende la mente. Mediante la meditación purifico la mente, y por ende el cuerpo.

Cuento cada vez más con la pureza de un niño, junto con la creatividad y la sabiduría de la experiencia tanto propia como la ajena que me han podido comunicar, y una creciente determinación. ¿En qué resultará esta combinación tan poderosa? El tiempo y la libertad, presa de la ley universal de causa y efecto, lo responderán.

Gracias a todos los que durante mi vida me incentivaron a seguir viviendo intensamente, a quienes colaboraron con el desarrollo de mi humanidad, y a aquellos junto con quienes compartí tantos momentos intensos y hermosos.

Gracias a todos por ser.

Que todos los seres seamos muy felices.

Mauro M.

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Comentarios

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2 pensamientos en “Mi primer curso de meditación Vipassana + un poco sobre mi vida y cambiar el mundo [2012]

  1. Muy interesante tu publicacion. Vengo haciendo cursos de vipassana desde el año 2009. Y si, realmente esta tecnica sirve para conocernos y aprender a ser Felices. Un abrazo !!

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Victor 🙂
      Yo desde mi primer curso hice varios cursos más, serví en dos, medito diariamente a partir del cuarto, y no puedo estar más que agradecido por tanto aprendizaje y purificación mental de todos los condicionamientos que nos hacen sufrir. Quizás pronto escriba un artículo un poco más actualizado.

      Un abrazo y que estés profunda y establemente en Paz!

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